Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Él le habló con suavidad y ella le respondió como una ausente. Luego se le acercó mirándole al afilado semblante, cual si estuviera convencida de que no era visible para él.
—¡Ángel! —exclamó, y se detuvo, tocándole con sus dedos tan suavemente como una brisa, cual si le costara trabajo creer que estuviera allí en carne el hombre que la había amado.
Brillaban los ojos de Tess, y su pálida faz mostraba su delicada redondez, aunque las lágrimas todavía mal enjutas marcaran en ella surcos relucientes; la boca, de un rojo vivo por lo general, la tenía ahora casi tan pálida como las mejillas. Aunque viva y palpitante en medio de la opresión de su congoja, alentaba en ella la vida por modo tan desordenado, que un pequeño empujón más hubiera podido ocasionarle una verdadera enfermedad, apagar el brillo de sus ojos y afinarle los labios.
Ella parecía absolutamente pura. En sus fantásticos juegos de ilusión había impreso la naturaleza en el semblante de aquella muchacha tan genuino sello de virginidad, que él se la quedó mirando estupefacto.
—¡Tess! Di que no es verdad lo de anoche. ¡Di que no es verdad!
—Es verdad.
—¿Todo lo que me dijiste?
—Todo.