Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Echó Ángel una postrer mirada a su alrededor, y dirigiéndose al arranque de la escalera, exclamó con voz de circunstancias:
—¡El desayuno está servido!
Abrió la puerta de la casa y salió a tomar el aire mañanero. Al volver, pasados unos minutos, ya estaba ella en el salón, preparando maquinalmente las cosas del desayuno. Al verla completamente arreglada, y haciendo cuenta del poquísimo tiempo transcurrido desde que él la llamara, dedujo Ángel que cuando él la avisó, ya debía de estar a medio vestir, si no vestida del todo. Tenía el pelo recogido en una gran masa redonda en la parte de atrás de la cabeza y se había puesto una de las blusas nuevas: una azul pálido con blancos arrequives en el cuello. Parecían frías sus manos y su rostro, de donde podía inferirse que había permanecido largo tiempo sin fuego, sentada en su dormitorio. La ostensible amabilidad con que la llamó Ángel le hizo concebir un destello de esperanza, que se extinguió instantáneamente al mirarle.
No eran ya uno y otro más que las cenizas de sus respectivos fuegos. Al dolor ardiente de la noche anterior había sucedido la pesadumbre y parecía como si ya no hubiera en el mundo nada capaz de volver a despertar en ellos ardores semejantes.