Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Era tan profunda la confianza leal que en él tenÃa, que ni dormido ni despierto le inspiraba temor alguno. Aunque le hubiera visto entrar con una pistola en la mano no se hubiera inquietado lo más mÃnimo.
Clare se acercó y se inclinó hacia ella, murmurando:
—¡Muerta! ¡Muerta! ¡Muerta!
Después de contemplarla fijamente un rato, con la misma expresión de dolor indecible, se inclinó hacia ella, la cogió en sus brazos y la envolvió en la sábana, como en su sudario. Alzándola luego de la cama con el respeto que inspira un difunto, cruzó con ella la estancia, murmurando:
—¡Pobre Tess! ¡Mi amor, mi bien! ¡Tan dulce, tan leal, tan sincera!
Aquellas palabras entrañables, que tan severamente callaba en las horas de vigilia, llenaron de inefable dulzura el desamparado y hambriento corazón de Tess. Aunque le hubiera ido en ello la vida, no habrÃa hecho el menor movimiento por zafarse de los brazos de él. Permaneció, pues, completamente inmóvil, sin atreverse casi a respirar, y preguntándose lo que irÃa a hacer con ella, se dejó llevar fuera de la estancia.