Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tess se incorporó en el sarcófago. La noche, aunque seca y templada para el tiempo que era, resultaba harto fría para que Ángel pudiera permanecer allí medio desnudo, sin peligro para la salud. De estar solo allí se hubiera quedado hasta el otro día y seguramente habría muerto de frío. Sabía Tess que más de un sonámbulo había muerto así en el curso de una escapada nocturna. Pero ¿cómo atreverse ella a despertarlo, para que al enterarse de lo que había hecho sufriera la mortificación de comprobar la flaqueza que por ella demostrara? Sin embargo, Tess, saliendo de su encierro de piedra, le sacudió suavemente, pero era inútil querer despertarlo sin emplear la violencia. Y había que hacer algo, porque ella también estaba tiritando bajo el ligero abrigo de la sábana. También a ella le había preservado del frío la excitación a lo primero, pero ahora empezaba a sentir sus efectos.
De pronto se le ocurrió apelar a la persuasión, y acercando los labios a su oído le murmuró con cuanta entereza y resolución le fue posible:
—Vamos a andar un poco, ¡amor mío!