Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y no dijo más sobre el asunto. De haber sido Tess más lista le hubiera armado una escena, se hubiera desmayado o prorrumpido en histérico llanto en aquel solitario camino, y Ángel, a pesar de todo su enojo, no hubiera podido resistirla. Pero con su actitud doliente y sumisa le allanó el camino a él, de suerte que fue ella su mejor abogado en ese pleito. Aunque también tuvo su parte el orgullo en aquella conformidad, síntoma quizá de ese ciego abandono al destino, peculiar a todos los d’Urberville; y las pocas fibras que ella hubiera podido conmoverle con una más dramática actitud permanecieron intactas.
El resto del diálogo versó ya sobre cuestiones prácticas. Ángel le entregó un paquete que contenía una importante suma de libras, que para el caso había pedido a sus banqueros. Los brillantes, que sólo eran propiedad vitalicia de Tess, si había de atenerse estrictamente a los términos de la cláusula testamentaria, él le aconsejó que los depositara en un banco, a lo cual asintió Tess.
Zanjados estos asuntos volvieron al coche y él la ayudó a subir. Pagó luego al cochero y le indicó el itinerario que había de seguir con ella. Y cogiendo su maleta y su paraguas, único equipaje que llevaba, se despidió Ángel de ella. Y así fue como se separaron.