Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Remontó el coche una cuesta y Ángel lo veía alejarse con la esperanza instintiva de que Tess asomase una vez siquiera la cabeza a la ventanilla. Mas no se le ocurrió a ella hacerlo, ni aunque se le hubiera ocurrido se habría atrevido a hacerlo; yacía en el interior del coche hundida en una congoja moral. Así vio Ángel cómo se alejaba ella, y presa de inefable angustia repitió el verso de un poeta con variantes de su propia cosecha: «Dios no está en su cielo; ¡todo es maldad en el mundo[110]!».
Cuando Tess doblaba la cuesta del cerro, Ángel emprendió su camino sin advertir que todavía la quería.