Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Tan conmovida estaba Tess que no pudo continuar y se dejó caer en una silla.
—Bueno, mujer, ¡a lo hecho, pecho! Yo no sé por qué estos hijos mÃos han de ser más simples y bobos que los de los demás… ¿De modo que no se te ocurrió nada mejor que lo que hiciste, en vez de habértelas arreglado de forma que cuando él se hubiera enterado ya no hubiera tenido escape?
Y Joan rompió a su vez en llanto, lamentándose de la mala suerte que tenÃa con sus hijos.
—No sé lo que va a decir tu padre —continuó—, porque desde el dÃa que te casaste no hace más que hablar de la boda en Rolliver y en La Gota Pura, y de que por ti va a recobrar la familia su lugar debido. ¡Qué estúpido es el pobre! ¡Y venir tú ahora con esto! ¡Dios de Dios!
Como para agravar lo enojoso de la situación se oyó en aquel momento llegar al padre de Tess. Pero no entró enseguida y la señora Durbeyfield dijo a su hija que ella se encargaba de comunicarle la mala noticia y que se quitara de en medio para que no la viera su padre. Pasado el primer estallido de contrariedad, miraba ya la mujer el infortunio de su hija como miró su primer desliz, lo mismo que si se tratara de un dÃa de lluvia o de un contratiempo en la cosecha; como cosa que les sucedÃa sin haberlo merecido lo más mÃnimo, como males que soportar y no como una lección.