Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¡Madre! —exclamó Tess, y acercándose a su madre y hundiendo la cabeza en su pecho, prorrumpió en sollozos.
—¡No sé cómo decÃrselo a usted, madre! Usted me aconsejó que no le dijera nada, pero se lo dije…, no pude por menos…, ¡y por eso se ha ido!
—¡Qué tonta eres, hija mÃa! —exclamó Joan, salpicando en su agitación a Tess y salpicándose ella también del agua del lavado—. ¡Dios santo! ¡Que tenga yo que decirte que eres una boba!
Tess se deshacÃa en llanto convulsivo dando rienda suelta a toda su contenida amargura.
—¡Ya lo sé, madre, ya lo sé! —repetÃa entre sollozos—. Pero no pude hacer otra cosa. ¡Era él tan bueno y me parecÃa tal infamia andarme con tapujos! Si cien veces me encontrara en ese caso, cien veces harÃa lo mismo. ¡No podÃa…, no tenÃa valor para pecar contra él!
—¡Bastante pecaste casándote con él sin decÃrselo!
—SÃ, sÃ, y eso es lo que más me pesa. Lo que me pasó fue que yo estaba muy creÃda en que podrÃa divorciarse de mà si no querÃa perdonarme. ¡Ay, si supiera usted, madre, si supiera usted formarse idea de cómo le querÃa y con qué ansias deseaba casarme con él y cuánto he batallado entre mi cariño y el deseo de no serle desleal!