Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Al atravesar el huerto oyó a su madre que cantaba junto a la puerta falsa, y al verla observó que estaba de pie, en el escalón de la puerta, ocupada en retorcer una sábana. Terminada la operación, la señora Durbeyfield, sin reparar en su hija, entró en la casa, seguida de aquélla.

Estaba la artesa en el sitio de siempre, sobre el mismo barril, y la madre, tras apartar la sábana, se disponía a hundir en el agua nuevamente sus manos.

—Pero ¡cómo, Tess, hija mía! —exclamó de pronto al verla—. ¡Pero si yo creía que te habías casado! Que te habías casado de veras esta vez. ¿No recibiste la sidra que te mandamos?

—Sí, madre.

—Pero qué, ¿vas a casarte? ¿No te has casado todavía?

—Me he casado ya.

—Pero entonces, ¿dónde está tu marido?

—Pues viajando por cuestiones de negocios.

—¡Viajando! Pues ¿cuándo os casasteis? ¿No fue el día que me dijiste?

—Sí, el martes, madre.

—¿Y no siendo hoy más que sábado ya se ha ido?

—Sí, se ha ido.

—Pero ¿quieres decirme qué significa todo esto? ¡Vaya unos maridos que te salen, hija!


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