Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Sintió Tess al oír aquello tan profunda desazón que no se atrevió a presentarse en su casa con el coche y con su equipaje. Preguntó al guardabarrera si podría tenerle un rato en su casa aquellos bultos, y habiéndole dicho aquél que sí, despidió el coche y se encaminó a su casa ella sola por una callejuela extraviada.
Al divisar la chimenea de la morada paterna se preguntó a sí misma si tendría ánimos para entrar en ella. Allá dentro estarían los suyos, pensando que ella andaría a la sazón de viaje en compañía de su marido, hombre relativamente acomodado, que habría de darle una vida regalada, cuando era así que se volvía a su casa, sola y abandonada, por no tener otra parte adonde dirigirse en el mundo.
Mas no llegó a su casa inadvertida, que al llegar a las bardas del huerto le salió al encuentro una muchacha que la conoció —una de las dos o tres íntimas amigas suyas de la escuela—, la cual hubo de hacerle algunas preguntas referentes a su ida al pueblo, sin reparar en su trágico aspecto. Aunque de pronto, sin escuchar a Tess, le preguntó la muchacha:
—Pero y tu marido, ¿dónde está?
Le contestó Tess apresuradamente que no había podido acompañarla por tener que atender a un negocio, y separándose de su interlocutora pasó de largo el bardal y entró en su casa.