Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Está el pobre que no puede levantarse —le dijo a su hija mayor, que abrió sus grandes ojos no bien oyó a su madre poner la mano en la puerta. Tess se incorporó sin atinar al pronto, del sueño que tenía, con el sentido de las palabras de la madre.
—Pero es preciso que vaya alguien —replicó luego—. Ya es tarde para las colmenas; pronto terminará el enjambrar de este año… Y si no las llevamos hasta el mercado, la semana que viene bajarán mucho y nos tendremos que quedar con ellas…
La señora Durbeyfield pareció comprender la verdad de lo que decía su hija, y exclamó de pronto:
—¿No podría ir allá algún muchacho? ¿Alguno de los que bailaron contigo ayer tarde?
—¡Oh, por nada del mundo! —declaró Tess con orgullo—. ¡Para que se enterasen luego de todo!… ¡Qué vergüenza! Mejor iría yo, con tal que Abraham quisiera acompañarme.
Consintió al cabo la madre en este arreglo. Y en el acto despertó al chico del profundo sueño en que yacía, en un rincón de la alcoba, y le obligó a embutirse en sus ropas, cuando todavía estaba mentalmente en el otro mundo.