Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville A todo esto se había vestido Tess, y ambos, encendiendo un farolillo, se dirigieron a la cuadra. Estaba ya cargado el raquítico carro, y sólo tuvo la muchacha que enganchar al caballo Príncipe, poco menos raquítico que el vehículo.
Esparcía asombrado el animal la mirada a su alrededor, posándola sucesivamente en la noche, en el farol y en aquellas dos figuras humanas, como si le costara trabajo creer que a semejante hora, cuando todo el mundo dormía a pierna suelta, hubieran de obligarle a él a ponerse en camino y trabajar. Metió Tess unos cuantos cabos de vela en el farol, colgó éste de un varal, y secundada por su hermano sacó al caballo, guiándolo camino adelante y marchando ellos a su lado, sobre todo en las subidas, a fin de no recargar de peso a un animal de tan escasos bríos. Para entonarse en la medida de sus recursos, anticiparon la mañana, que aún estaba bastante lejos, con el farol, pan con manteca, y su conversación. Abraham, despierto ya del todo (pues hasta allí se había movido maquinalmente), se puso a hablar, haciéndole notar a su hermana las extrañas formas que tomaban los diversos bultos negros resaltando sobre el fondo del cielo; tal árbol semejaba un tigre furioso saliendo de su cubil, tal otro parecía la cabeza de un gigantón.