Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Su conducta durante las últimas semanas había sido sobremanera desordenada. Después de intentar maquinalmente proseguir sus proyectos agrícolas como si nada anormal le hubiere sucedido, es decir, ajustándose a los consejos de los sabios de todos los tiempos, acabó por convencerse de que ninguno de esos sabios había sabido nunca lo bastante de sí mismo para comprobar si sus consejos eran viables. «Lo más importante», dijo el moralista pagano, «es no turbarse[112]». Y lo mismo exactamente opinaba Ángel. Sólo que, a pesar de ello, estaba turbado. «No consientas que nada altere la paz de tu corazón ni te dejes atemorizar por nada», había dicho el Nazareno[113]. Y Ángel se hacía eco con todo su ser de tan sublimes palabras, pero no por eso dejaba de sentir angustia en su corazón. ¡Cuánto hubiera dado por poder tener delante a esos dos grandes pensadores para suplicarles rendidamente de hombre a hombre que le enseñaran qué método siguieron para lograr la paz!
Su actitud de abatimiento se trocó en una terca indiferencia, hasta casi llegar a hacerse la ilusión de que contemplaba su vida con la pasividad de un extraño.