Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Por estar en el campo el labrador y su mujer al llegar Clare, pudo éste permanecer algún tiempo a solas en aquellos aposentos. Henchido el pecho por imprevistos sentimientos, subió a la habitación de Tess, que nunca fuera la suya. El lecho estaba intacto, según ella lo dejara con sus propias manos la mañana de su partida. Aún colgaba el muérdago bajo el baldaquino, como él lo pusiera, aunque por llevar allí cuatro semanas tenía perdido el color y secas y marchitas las flores y las hojas. Lo arrancó Ángel y lo tiró a la chimenea. Al encontrarse allí por vez primera dudó de si habría procedido bien en aquella ocasión y todavía más dudó de la generosidad de su conducta. Pero ¿no le habían cegado cruelmente? En el desordenado tumulto de sus emociones se arrodilló junto al lecho, con los ojos húmedos:

—¡Oh Tess, si me lo hubieras dicho antes yo te hubiera perdonado! —murmuró dolido.

Se levantó al oír allá abajo ruido de pisadas y se dirigió al rellano de la escalera. En el arranque de la misma vio a una mujer, de pie, inmóvil; al alzar la mujer su cara pudo comprobar Ángel que era aquella pálida moza de ojos profundos que se llamaba Izz Huett.

—¡Señor Clare! —exclamó la joven—. He venido a ver a usted y a su señora para saber cómo seguían. Me figuraba que habrían de volver.


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