Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Asaltada de tan lúgubres meditaciones, oyó un extraño chasquido entre las hojas. Quizá fuera el viento, pero apenas si se movía el aire. A veces el rumor, que se repetía, semejaba un alentar afanoso, otras un aleteo, y en ocasiones se percibía como un estertor o gorgoteo angustioso. Pero no tardó Tess en cerciorarse de que tales ruidos los emitían algunos animales, afirmándose en esa presunción al observar que procedían del ramaje e iban seguidos de la caída de cuerpos pesados. De haberse encontrado en situación más agradable se hubiera alarmado, pero, excepto a la humanidad, no temía ahora a nada.
Por fin amaneció allá en el cielo. Y luego que se hizo día en toda la amplitud de aquellos alrededores, penetró la luz en la espesura.