Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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No bien hubo cobrado fuerzas la prosaica claridad de las horas laborables, se salió Tess de su hojoso montículo y miró a su alrededor con temeridad. Entonces pudo ver con toda evidencia la causa de su inquietud durante la noche. Era aquél el punto culminante de la arboleda en que penetrara, el lugar en que terminaba el bosque, rodeado luego de terrenos de labrantío. Bajo los árboles se veían tendidos varios faisanes, con el fino plumaje salpicado de sangre, muertos los unos, aleteando difícilmente otros, retorciéndose, estirándose todos en palpitante agonía, con excepción de aquellos otros más venturosos cuyas torturas terminaran ya durante la noche, por haber apurado el dolor todas las energías de la vida.

Al punto comprendió Tess el significado de todo aquello. Las pobres aves se habían refugiado allí el día anterior huyendo de una partida de caza; y mientras a los unos, muertos a tiros antes del anochecer, se los habían llevado, estos otros habían tenido tiempo de refugiarse entre el ramaje de los árboles, malheridos como estaban, cayéndose luego de allí al suelo, a medida que se les habían ido acabando las fuerzas.




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