Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Había visto alguna vez en su infancia a esos hombres, extrañamente vestidos, mirando por encima de los setos, escudriñando el secreto de la maleza y apuntando sus carabinas con ojos sedientos de sangre. Sabía Tess que, aunque parecieran en tales ocasiones rudos y brutales, no eran así todo el año, sino que se comportaban por lo general como personas civilizadas, salvo unas temporadas del otoño y el invierno en que, como los habitantes de la península malaya, se lanzaban como ciegos, animados del propósito de destruir la vida de unos inofensivos seres —alados en este caso y criados artificialmente al único objeto de que pudieran satisfacer esas sus inclinaciones—, guiados de unos sentimientos despiadados y nada caballerescos para con sus más débiles hermanos en la gran familia de la naturaleza.
Obedeciendo al impulso de un alma capaz de dolerse por sus hermanos de especie tanto como por ella misma, el primer pensamiento de Tess fue poner término a los tormentos de las aves que aún estaban con vida, y a este objeto retorció el pescuezo a cuantas pudo encontrar por allí, dejándolas tendidas en el suelo para que cuando los cazadores volvieran —lo que probablemente harían— las encontraran en aquel lugar.