Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El nabar en que ella y su amiga se ocupaban era una extensión de terreno de unas cuarenta hectáreas, bajo una linde, sita en lo más alto del predio, sobresaliendo entre lajas y cantos, producto de los filones cuarzosos engastados en la formación cretácea, compuestos de mirÃadas de sueltos pedernales de formas mamelonares, colmilludas y fálicas. Arrasada por el ganado la parte alta de los nabos, competÃa a ambas muchachas desarraigar con un almocafre la parte de la raÃz que también servÃa de pasto al ganado. Quitándole el follaje de la planta, ofrecÃa el campo un desolado tono parduzco. Semejaba una cara sin facciones. El cielo ostentaba, con otro color, la misma apariencia de un semblante en el que las facciones se han borrado, y aquellas dos caras, la una arriba y la otra abajo, estaban mirándose todo el dÃa, sin que hubiera entre ambas otra cosa que las dos muchachas, arrastrándose como moscas por la superficie de la cara inferior.