Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Cuando hace bueno —dijo Marian— se ve desde aquà el viso de un monte a pocos kilómetros del valle de Froom.
—¡Ah! ¿Lo distingues tú? —dijo Tess, concibiendo nuevo interés por el sitio en que se hallaban.
De esta suerte luchaban aquà como en todas partes el innato anhelo de goces con la fatal oposición de las circunstancias. Marian tenÃa un medio de ayudar a su fantasÃa, que consistÃa en sacar del bolsillo, a la caÃda de la tarde, una botella como de medio litro de cabida, taponada con un trapo blanco, de la que invitó a beber a Tess. Pero ésta tenÃa de sobra con su soñadora imaginación para remontarse a la cumbre de lo sublime, y asÃ, se limitó a probar la bebida, de la que Marian se echó un buen trago.
—Me he acostumbrado ya —dijo— y no puedo dejarlo. Es mi único consuelo… Tú puedes pasarte sin esto, porque le tienes a él, mientras que yo lo he perdido.
Recapacitó Tess en que tan perdido lo tenÃa ella como Marian, pero conservó la dignidad que le imponÃa el hecho de ser su esposa, aunque sólo de nombre, y no hizo ningún reparo a la distinción marcada por su amiga.