Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquella tarde volvió a llover y Marian dijo que no tenían obligación de trabajar, pero como si no trabajaban no cobraban, siguieron trabajando. Tan alto estaba aquel trozo de campo que la lluvia no les caía verdaderamente en sentido vertical, sino que corría horizontalmente, impelida por el viento gemebundo, azotándolas como con astillas de vidrio hasta calarlas por completo. Hasta entonces no había sabido Tess lo que era calarse, pues lo que se llama mojarse en términos corrientes era muy poca cosa, mientras que trabajar casi sin moverse en el campo y sentirse empapar en lluvia primero las piernas y los hombros, luego las caderas y la cabeza, y por último la espalda, la frente y los costados hasta que falta la luz, exige un grado especial de estoicismo y puede decirse que de valor.
Pero no sentían la humedad tanto como pudiera suponerse. Eran jóvenes y hablaban de aquel tiempo que vivieron juntas en la lechería de Talbothays, aquel dichoso pedazo de tierra verde, donde el verano era tan pródigo para todos, y además tan lleno de emociones para ellas. Tess hubiera deseado no hablar con Marian del hombre que era su marido de derecho, sino de hecho; mas la venció la irresistible fascinación del tema. Y así, aunque las empapadas capuchas se les pegaban a la cara y los pesados ropones colgaban fatigosamente de sus cuerpos, pasaron toda la tarde entretenidas en evocar los recuerdos de aquel verde, soleado y romántico Talbothays.