Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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En aquel momento se acercó el conductor del correo a la muchacha y procedió a arrastrar y desenganchar la caliente mole de Príncipe. El pobre animal era ya cadáver y, en vista de ello, el conductor fue a atender al suyo, que estaba ileso.

—No iba usted por su lado —le dijo a Tess—, yo tengo que llevar ahora a su destino las valijas del correo. De modo que lo mejor es que se quede usted aquí con su carga. En cuanto pueda mandaré a alguien que le ayude. Está ya amaneciendo, y no tiene nada que temer.

Volvió a montar el conductor en el coche y prosiguió su camino, mientras Tess se quedaba esperando. Palideció el horizonte, se removieron los pajarillos en los setos, saltaron de los nidos y rompieron a cantar; dejó ver el camino su blanco tono de color, y más blanca que él dejó ver Tess su cara. El enorme charco de sangre que delante tenía mostraba ya las irisaciones de la coagulación, y al levantarse el sol se reflejaron en él mil destellos prismáticos. Príncipe yacía inmóvil y rígido en el suelo con los ojos dilatados. El desgarrón de su pecho no parecía lo bastante amplio como para dejar paso a la vida que hasta entonces le animara.



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