Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Habían recorrido mucho trecho desde que la joven perdiera la noción de la realidad, y se había detenido el carro. De su parte delantera salió un gemido lastimero, cual nunca lo oyera en su vida la joven, seguido de esta exclamación: «¿Quién va?».

Se había apagado el farolillo que colgaba del carro, pero en su lugar brillaba otro de más vivo fulgor ante los ojos de Tess. Sin duda había ocurrido algo grave, pues los arreos de la bestia se habían enredado en un objeto que obstruía el camino.

Echó pie a tierra Tess, consternada, y vino en descubrimiento de la sensible realidad. Aquel gemido lastimero lo había lanzado el pobre Príncipe. El correo de la mañana, que con raudo y silencioso rodar cruzaba como de costumbre por aquellos caminos, le había dado una formidable embestida al lento carrito sin luz de Tess. La aguda lanza del coche había penetrado como una espada en el pecho del desdichado Príncipe, y de la herida salía un chorro de sangre que con sibilante gorgoteo rebotaba sobre la tierra.

Desesperada Tess, se acercó al caballo y posó su mano en el orificio de la herida, sin obtener más resultado sino que los rojos goterones de sangre le salpicasen todo el cuerpo. Luego se quedó mirando al pobre caballo, presa de doloroso estupor. Príncipe, que se había sostenido en pie hasta agotársele del todo la fuerza, se desplomó de pronto en tierra en un montón.


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