Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Entregado a sus reflexiones, no tardó el niño en dormirse. No estaba Tess muy ducha en punto a conducir un caballo, pero pensó que podía encargarse de ello en aquella ocasión y dejar que el pobre Abraham durmiera. Le formó una suerte de nido entre las colmenas, de forma que no pudiera caerse, y cogió ella las riendas.

No había que estar muy sobreaviso con Príncipe, que estaba harto débil el pobre para permitirse travesuras de ninguna clase. Sin la distracción de la charla fraternal, Tess, apoyada en las ringleras de colmenas, se entregó a meditaciones todavía más profundas. La muda procesión de árboles y setos que ante sus ojos desfilaba le sugería escenas fantásticas sin relación alguna con la realidad, y la menor ráfaga de viento se le antojaba el suspiro de una inmensa alma triste, que abarcaba al universo todo en el espacio y a la historia en el tiempo.

Reflexionando entonces sobre la urdimbre de acontecimientos de su propia vida, le parecía ver claramente lo vano del orgullo de su padre e imaginaba a aquel noble pretendiente, que su madre le deparaba en su imaginación, como un grotesco personaje que se riese de su pobreza y su velada prosapia caballeresca. Se le hacía todo cada vez más raro y estrafalario, y perdía la noción del tiempo. Al cabo de un rato la zarandeó en su asiento una violenta sacudida, y Tess despertó del sueño que también a ella la había vencido.


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