Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —SÃ, hombre.
—¿Lo mismo que el nuestro?
—No sé, aunque creo que sÃ. Algunas veces parecen las manzanas de nuestro huerto. Casi todas sanas y en sazón. Aunque hay alguna que otra picada.
—Y el mundo en que vivimos nosotros, ¿está sano o picado?
—Picado, Abraham.
—Pues es una lástima que habiendo tantos no nos haya tocado en suerte otro mejor.
—Sà que lo es, tienes razón.
—¿Es cierto que es asÃ, Tess? —exclamó Abraham mirando a su hermana, muy preocupado con lo que ésta acababa de decirle—. Y si nos hubiera tocado otro sano, ¿qué habrÃa ocurrido, Tess?
—Pues que padre no toserÃa ni andarÃa a rastras como anda, ni hubiera bebido tanto como para no poder hacer este viaje. Y madre no tendrÃa tampoco que estar siempre lavando, que no acaba nunca.
—¿Y entonces tú hubieras sido una señora rica sin necesidad de casarte con nadie?
—Mira, Abraham…, no hablemos más de eso…