Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Se lo oà decir a ellos cuando fui a la taberna a buscar a padre. Tenemos una parienta muy rica en Trantridge, y decÃa madre que si tú fueras a verla y le dieras a conocer el parentesco de seguro que hacÃa por casarte con un caballero.
Quedó pasmada la muchacha y se embebeció en caviloso silencio. Abraham seguÃa charlando, más por el gusto de hablar que para que le atendieran, por lo que no reparó en el ensimismamiento de su hermana. Se recostó contra las colmenas, y levantando al cielo la cara, hizo algunas observaciones a propósito de las estrellas, cuyas frÃas pulsaciones palpitaban en las negras oquedades de allá arriba, llenas de serena indiferencia respecto a aquellas dos briznas de humanidad. Luego preguntó a su hermana a qué distancia de la Tierra parpadeaban aquellas chispas, y si detrás de ellos estaba Dios. Pero de cuando en cuando volvÃa a recaer su infantil parloteo en aquello que le traÃa más preocupada la imaginación que las maravillas todas del universo. Si Tess se casaba con un caballero y era rica, tendrÃa dinero bastante para comprarle un anteojo de larga vista, con el cual podrÃa ver las estrellas tan cerca como si estuvieran en Nettlecomb-Tout.
Aquella recaÃda en el tema que traÃa a maltraer a toda la familia acabó por enojar un poco a Tess.
—¡Déjate de eso ahora! —exclamó.
—¿Dijiste que las estrellas eran mundos, Tess?