Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Tess, que se veía entre las forasteras y el colono cual pájaro caído en la red, no replicó y siguió despajando. Se daba cuenta suficientemente de la manera de ser de aquel hombre para no comprender que en aquella ocasión no tenía que temer ninguna galantería de su parte, sino que hablaba así movido de un impulso de tiranía, despertado por el recuerdo de la humillación que Ángel le impusiera. Después de todo prefería que así fuese, y se sintió con ánimos bastantes para capear la situación.

—¿Acaso se creyó usted que me gustaba? Las hay tan tontas que todo se les figura amor. Pero no hay cosa mejor que un invierno en el campo para quitarles a las chicas esas cosas de la cabeza; y usted se ha comprometido hasta la Anunciación. ¡Vamos, supongo que no tendrá usted reparo en pedirme perdón!

—Yo creo que es usted quien debía pedírmelo a mí.

—Bueno…, lo mismo da. Pero ya hemos de ver quién es aquí el amo. ¿Son ésas todas las gavillas que lleva usted hechas hoy?

—Sí, señor.

—La verdad es que no es usted muy larga. Mire usted lo que han hecho ésas —y señaló a las dos fornidas hermanas—. Es usted la que menos ha hecho.


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