Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Es que ellas están prácticas y yo no. Además, para usted es lo mismo, porque estamos a destajo y sólo cobramos lo que hacemos.
—SÃ, pero es que tengo que verle el fin al granero pronto.
Las miró malhumorado y se marchó. Comprendió Tess que no podÃa haber encontrado peor colocación, pero todo lo preferÃa a las galanterÃas y enojosos cortejos.
Al dar las dos, se tomaron su última media pinta las despajadoras profesionales, soltaron las hoces, ataron las últimas gavillas y se fueron. Izz y Marian se disponÃan a hacer lo mismo, pero al saber que Tess pensaba quedarse para desquitar a fuerza de tiempo su falta de maña, no quisieron dejarla sola. Mirando hacia la nieve que aún seguÃa cayendo, exclamó Marian:
—Vaya, ya estamos solas.
Y por fin la conversación se concentró en evocar los tiempos de la lecherÃa y ni que decir tiene que también los incidentes relativos a su amor por Ãngel.
—Muchachas —dijo Tess con una dignidad altamente conmovedora, si bien se mira, atendido lo poco que tenÃa de esposa—. No puedo unirme a vosotras como antes en vuestra conversación acerca de mi marido; supongo que lo comprenderéis. Al fin y al cabo soy su mujer.