Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Izz era la más irónica, por temperamento, de las cuatro muchachas que habían estado enamoradas de Ángel.

—Mira, Tess, de novio me parecía un dechado, pero lo que es de marido debe de ser otra cosa, cuando tan pronto se ha separado de ti.

—Es que tenía que irse. No tuvo más remedio que emigrar en busca de una posición —arguyó Tess.

—Sí, pero bien podía haberte ayudado siquiera durante el invierno.

—Bueno, no hablemos más de ese asunto. Sólo puedo deciros que no estamos separados por ningún disgusto —contestó Tess, reprimiendo a duras penas el llanto—. No se fue de mi lado sin decírmelo, como hacen otros, y yo tengo medios de saber siempre dónde está.

Después de este diálogo prosiguieron largo rato su faena en soñadora abstracción, cogiendo la mies, arrancándole la paja que sujetaban por debajo de sus brazos y separando las espigas con sus hoces, sin que se oyera en el granero otro rumor que el de la paja y la hoz. De pronto Tess se desvaneció y se desplomó sobre el montón de mazorcas que tenía a sus pies.

—¡Ya sabía yo que no ibas a resistirlo! —exclamó Marian—. Hay que ser más dura para este trabajo.

En aquel momento entró el colono.


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