Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¿Ésa es la manera de trabajar en cuanto vuelvo yo la espalda? —le dijo a Tess.

—Yo soy la única que sale perdiendo —le objetó la joven—, que usted no pierde nada.

—¡Es que ya he dicho que quiero ver pronto vacío el granero! —dijo con ceño adusto el hombre, atravesando el granero y saliendo por la otra puerta.

—No lo tomes en serio, que es un bendito —le dijo Marian—. Yo llevo aquí ya algún tiempo. Échate ahí, y entre Izz y yo te haremos la tarea.

—No quiero que por mí os toméis ese trabajo.

Pero se sentía tan cansada, que consintió en reposar tendiéndose en un montón de despojos del grano. Su desfallecimiento era debido tanto a lo rudo de aquel trabajo como a la emoción que le causara la conversación que acababa de tener con sus compañeras. Estaba Tess en un estado de consciente abandono, en el que podía enterarse de todo; sólo que le faltaba voluntad para moverse, y el roce de la paja y el ruido que hacían las otras al tajar las espigas tenían para ella el peso de un tacto corporal.


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