Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Además de esos ruidos podía oír desde su rincón el murmullo de las voces de sus compañeras. Le constaba que seguían hablando del mismo tema, sólo que en voz tan queda que no le era posible a Tess distinguir bien las palabras. Pero hubo de sentir tal curiosidad por enterarse de lo que decían, que acabó por levantarse y, como se sentía ya mejor, reanudar el trabajo.
Entonces fue Izz Huett la que se sintió falta de fuerzas. Había andado la noche anterior más de veinte kilómetros, acostándose a medianoche para levantarse a las cinco de la mañana. Sólo Marian, gracias a su robustez y a la bebida, lo soportaba todo sin sentir cansancio. Tess instó a Izz para que se marchara, asegurándole que se encontraba ya mejor y podría acabar sin su ayuda la tarea que le correspondía.
Aceptó su amiga agradecida y desapareció por la puerta grande, encaminándose a su alojamiento por la nevada senda. Marian, según le ocurría todas las tardes al llegar aquella hora, por efecto de la bebida, empezó a sentirse romántica.
—¡Nunca le hubiera creído capaz de eso…, nunca! —dijo en tono soñador—. ¡Y yo que le quise tanto! ¡No me chocó que se decidiera por ti…, pero eso de Izz es el colmo!
Tess, de sobresaltada que aquellas palabras la pusieron, estuvo a punto de llevarse un dedo con la hoz.