Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Pero ¿hablas de mi marido? —preguntó anhelante.
—De tu marido hablo, sà señora. Izz me encargó mucho que no te lo dijera, pero a mà ya no me cabe en el cuerpo el secreto… Para que lo sepas, hija mÃa, tu marido le propuso que se fuera con él al Brasil…
Tess palideció hasta ponerse tan blanca como el panorama exterior, borrándose de su rostro la expresión.
—¿Y ella no aceptó? —le preguntó a Marian.
—No lo sé. Aunque de todos modos, él cambió luego de intención.
—¡Bah!… No tendrÃa mucho interés entonces… ¡SerÃa una broma de esas que hacen los hombres!
—Lo cierto es que la llevó en su coche largo trecho, camino de la estación.
—Bueno, ¡pero no se la llevó con él!
Siguieron trabajando en silencio, hasta que Tess, de pronto, rompió en llanto.
—¿Lo ves? —exclamó Marian—. Ahora me pesa habértelo dicho.
—No. Has hecho muy bien en decÃrmelo, mujer. He sido hasta aquà una tonta. DebÃa haberle escrito con más frecuencia. Él me dijo que no podÃa ir en su busca, pero no me prohibió escribirle cuando quisiera. Y lo que es de ahora en adelante he de hacerlo. ¡He sido culpable al dejar que fuera él quien hiciera todo!