Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Mas la febril excitación que sufriera al escuchar el punzante relato de Izz puso un límite a su facultad de resignación. ¿Por qué no le había escrito todavía su marido, siendo así que le había prometido comunicarle al menos el lugar en que residiese? ¿Era aquello indiferencia? ¿O sería que estaba enfermo? ¿No debía ella dar el primer paso hacia él? Seguramente podría dirigirse sin reparo a su suegro, pidiéndole noticias de su marido y expresándole la zozobra que su silencio le causaba. Si el padre de Ángel era tan bueno como ella presumía, no dejaría de interesarse por su apurada situación. Aunque Tess se proponía ocultarle sus vicisitudes y trabajos.

No podía dejar la labor entre semana, disponiendo tan sólo del domingo. Y hallándose Flintcomb-Ash en medio de la meseta cretácea, no cruzada todavía por ningún ferrocarril, no tenía más remedio que hacer a pie la jornada. Y como entre la ida y la vuelta resultaba el trayecto de cincuenta kilómetros, se necesitaba todo un día para la excursión, y eso madrugando.

Quince días después, cuando ya había desaparecido la nieve, a la que siguieron fuertes heladas, aprovechó Tess el buen estado de los caminos, y un domingo, a las dos de la madrugada, bajó la escalera y emprendió su camino a la luz de los astros. El tiempo seguía siendo benigno y la tierra resonaba bajo sus pisadas como una bigornia.


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