Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Al anochecer de aquel mismo dÃa volvió a pasar el carro, ya vacÃo, por el lugar del accidente. PrÃncipe yacÃa en la cuneta desde por la mañana, pero todavÃa, aunque medio borrado por el paso de los vehÃculos, se veÃan vestigios del charco de sangre en mitad del camino. Cargaron en el carro que antaño condujera él su pobre carroña, y al aire los cascos y brillantes sus herraduras al sol poniente, desanduvo el animal los catorce o quince kilómetros que habÃa de allà a Marlott.
Tess habÃa vuelto más temprano. No sabÃa la pobre cómo darles a sus padres la mala noticia. Y en su interior se alegró no poco al inferir por sus caras que ya estaban enterados de lo ocurrido, aunque no por ello dejaba de ser merecedora del reproche que siguió echándose encima.
Pero por lo mismo que era tan precaria la situación de aquel hogar, resultaba menos grave el infortunio que si se hubiera tratado de una familia próspera, a pesar de que en el caso presente significaba la ruina y en el otro no hubiera pasado de ser un mero contratiempo. No mostraban en sus caras los padres de Tess la encendida cólera que otros más codiciosos hubieran dejado ver. Nadie reconvino a Tess, sino ella misma.
Al saber que el curtidor sólo ofrecÃa unos miserables chelines por los despojos de PrÃncipe, por ser tan viejo, se creció Durbeyfield.