Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—No —dijo estoicamente—; no quiero vender los restos de mi pobre Príncipe. Cuando los d’Urberville éramos unos caballeros no vendíamos nuestros caballos para que sirvieran de alimento a los gatos. ¡Que se guarde ese roñoso sus chelines! Nos sirvió bien en vida y no quiero separarme ahora de él.

Al día siguiente trabajó de firme para cavarle en el corral a Príncipe una fosa, poniendo en ello más ahínco que durante muchos meses juntos en ganar el pan para su familia. Luego que estuvo abierto el hoyo, entre él y su mujer le pasaron por el cuerpo una cuerda al pobre caballo y le arrastraron al corral, seguidos de los niños en fúnebre cortejo. Abraham y Liza-Lu sollozaban; Hope y Modesty desahogaban su dolor en ruidosos lamentos que repetía el eco en las paredes; y luego que ya quedó enterrado Príncipe, rodearon todos la tumba. Se les había acabado el que ganaba el pan, ¿qué iba a pasar ahora?

—¿Habrá ido al cielo? —preguntó Abraham, sollozando.

Luego procedió Durbeyfield a echar en la fosa paletadas de tierra, volviendo los niños a llorar. Lloraban todos menos Tess, que tenía el rostro enjuto y pálido, cual si se juzgase a sí misma como a una asesina.


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