Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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Procedió la muchacha a desandar el camino que antes recorriera, si no llena de esperanza, por lo menos plenamente convencida de hallarse en vísperas de producirse una crisis en su vida. Ahora ya tal esperanza estaba de más, no quedándole otro recurso que seguir trabajando en aquella mísera labor hasta cobrar otra vez ánimos para emprender la misma excursión. Sin embargo, a su regreso se descubrió la cara para que viera todo el mundo que era mucho más guapa que Mercy Chant. Sólo que lo hizo moviendo tristemente la cabeza y diciendo: «¡Después de todo, qué más da! Nadie me quiere ni me mira. ¡Nadie se fija en una repudiada como yo!».

Más que un itinerario regular y directo fue su regreso un zigzagueo. Caminaba sin prisa ni objeto. Al llegar a la interminable calzada de Benvill la acometió el cansancio, teniendo que reclinarse en los portales y en los hitos.

No entró bajo techado hasta después de haber recorrido doce o trece kilómetros; entonces descendió por la empinada cuesta a cuyo pie se extiende el caserío de Evershead, donde por la mañana almorzara, poseída de tan distintos sentimientos. La casa inmediata a la iglesia en que hubo de entrar de nuevo era la primera casi de aquel extremo del lugar, y mientras la mujer iba a la despensa por leche, Tess, al mirar calle abajo, pudo comprobar que ésta se hallaba completamente desierta.


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