Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—¿Habrá ido la gente al oficio de la tarde, verdad? —preguntó.

—No, hija mía —dijo la mujer, que era ya una viejecita—. Es muy temprano todavía. Aún no sonó la campana. Adonde se han ido todos ha sido a oír el sermón al granero, donde parece que predica hoy un santo varón, según dicen. Yo no voy a oírle. Con lo que oigo en la iglesia, me basta y me sobra.

Se internó Tess por el pueblo, donde sus pisadas resonaban tan a hueco como si anduviera por la mansión de la muerte. Al llegar al centro se confundieron sus pisadas con otros ruidos, y reparando la joven en que la era no estaba lejos de allí, dedujo que aquellos rumores debían de ser los ecos del sermón.

La voz del predicador sonaba tan clara en el aire diáfano y sereno, que no tardó Tess en poder distinguir sus palabras, a pesar de hallarse fuera del granero. El sermón, como podía preverse, era en extremo antinomianista, y versaba acerca de la justificación por la fe, inspirándose en la teología de san Pablo. El hombre hablaba con tono declamatorio y arrebatado, pues carecía de facultades oratorias.

Aunque Tess no había oído el exordio, pudo enterarse muy bien del texto que le servía de tema al predicador, pues éste lo repetía a cada paso:


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