Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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En aquellas facciones se diseñaba la tristeza, pues se las había desviado de su significación hereditaria para aplicarlas a denotar impresiones distintas de aquéllas a cuyo servicio las puso la naturaleza. Al ennoblecerse el sentimiento que las animaba, parecían haber recibido una aplicación inadecuada. Se diría que, al sublimarse, se habían mixtificado. Pero ¿era posible? No quería la joven interpretar el fenómeno con malevolencia. No era d’Urberville el primer pecador que abjuraba de sus errores pasados para salvar su alma; ¿por qué, pues, había de considerar ella como falsa su actitud? Un vicio mental tenía la culpa seguramente de que se estremeciera al escuchar las buenas palabras nuevas dichas en el mal tono antiguo. Cuanto más pecador, más santo; no había que ahondar mucho en la historia del cristianismo para hallar confirmación a esa sentencia.

Tales impresiones la embargaban, sugiriéndole vagos anhelos contradictorios. Tan pronto como pudo recobrarse de la estupefacción de la sorpresa, concibió el propósito de pasar de largo, sin que él la viese. Él no la había reconocido todavía por estar ella a contraluz.




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