Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Pero no bien echó a andar la joven la reconoció. El efecto que la presencia de Tess hizo en su antiguo amante fue como el de una descarga eléctrica y mucho más intenso que el que la suya produjera en la joven. Su ardor oratorio, el tumultuoso eco de su elocuencia parecieron abandonarle. Le temblaba la lengua y no acertaba a pronunciar las palabras, en tanto la miraba de frente. Sus ojos, después de fijarse por un instante en el rostro de Tess, vagaron confusamente en todas direcciones, rehuyendo su vista, pero sin poder evitar volver a clavarse en el semblante de la muchacha. No fue muy duradera, sin embargo, aquella paralizante emoción, pues, en tanto él se atascaba en su sermón, Tess reunió todas sus energías y se dio prisa en abandonar la era.
Tan pronto como le fue posible recapacitar un poco le entró espanto al considerar cómo habían cambiado sus situaciones respectivas. Él, el culpable de su desventura, se remontaba ahora a las alturas espirituales, en tanto ella permanecía irredenta. Y había pasado lo mismo que en la leyenda: que al surgir la imagen de ella se había apagado casi por completo en el altar del penitente el fervor sacerdotal.