Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—En las vicisitudes que me han ocurrido he aprendido muchas cosas —replicó ella con acento evasivo.

—¿Y qué vicisitudes han sido ésas?

Ella le refirió la primera, la única que con él se relacionaba. Quedó d’Urberville atónito unos instantes al saber la noticia. Luego murmuró:

—Nada supe hasta ahora, ¿por qué no me escribiste cuando sentiste cercano el trance?

No replicó Tess, y Alec rompió el silencio, diciéndole:

—Bueno, ya haré por verte en otra ocasión.

—No —exclamó ella—, ¡no vuelva usted a acercarse a mí!

—Bueno. Pero antes de separarnos, ven acá. —Y Alec se acercó a la piedra—. Ésta que ves fue una cruz santa. En mi credo no tienen cabida las reliquias, pero hay momentos en que te temo mucho más a ti de lo que tú debieras temerme ahora, y para calmar este temor mío, pon tu mano en esta mano de piedra y jura que jamás has de tentarme con tus encantos y gracia.

—Pero ¡Dios mío!, ¿para qué pedirme una cosa tan innecesaria? ¡No hay nada más lejos de mi pensamiento!

—¡De todos modos, júralo!

Tess, un poco asustada, accedió a su vehemente ruego, puso la mano en la piedra y juró.


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