Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Empezaba la carta expresando la sincera alegrÃa del firmante por la conversión de d’Urberville y agradeciéndole su atención al participarle la gratÃsima nueva. Expresaba el pastor la viva esperanza que abrigaba de que habÃa de serle perdonada a d’Urberville su antigua conducta, y el interés que le inspiraban los planes del joven para lo futuro. AñadÃa el pastor que con mucho gusto hubiera deseado ver a d’Urberville formar parte de la Iglesia a cuyo ministerio habÃa él consagrado tantos años de su vida, y que a tal efecto le hubiera ayudado a ingresar en algún seminario teológico, pero que, no teniendo el joven tal propósito, por no avenirse a la demora que aquello implicarÃa, no querÃa insistir más. Cada cual ha de laborar como pueda y según el camino por que el espÃritu le lleve.
Leyó y releyó d’Urberville esta carta y pareció dibujarse en su rostro una mueca de burlón cinismo. Leyó también varios pasajes de su cuaderno mientras caminaba, hasta que al fin recobró la serenidad, logrando, al parecer, ahuyentar de su mente la turbadora imagen de Tess.
Ésta, entretanto, habÃa seguido su camino por la falda del monte, buscando el más corto para volver a su casa. Cuando ya llevaba andado más de un kilómetro se encontró con un pastor solitario.