Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Y al formular esa pregunta cruzó por su rostro una mueca de contrariedad, que indicaba algo más que el natural disgusto por ver que le dificultaban el cumplimiento de su deber. Fue aquél sÃntoma inequÃvoco de que aún alentaba en él algo de su antigua pasión por Tess; deber y deseo marchaban de la mano.
—¿Quizá…? —insinuó en tono más vehemente y mirando de reojo al maquinista.
Comprendió Tess que la cosa no podÃa quedar asÃ. Informando al hombre de que habÃa venido a verla un caballero, con quien querÃa apartarse andando un poco, se alejó en compañÃa de d’Urberville por el campo, listado como la piel de una cebra. Al llegar al trozo de terreno arado él le tendió la mano para ayudarla a andar, pero ella siguió caminando por las lomeras de los surcos, sin darse por entendida de aquel ademán.
—Tess, ¿no quieres casarte conmigo y ayudarme a hacerme un hombre de bien? —repitió Alec cuando pasaron los surcos.
—No puedo.
—Pero ¿por qué?
—Ya sabe usted que no le quiero.
—Pero tal vez pudieras llegar a tomarme cariño con el tiempo…, tan pronto como me perdones…
—Nunca.
—¿Por qué lo dices de un modo tan terminante?
—Porque quiero a otro hombre.