Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Aquellas palabras le produjeron a d’Urberville intenso asombro.
—¿De veras? —exclamó—. ¿Que quieres a otro? ¿Pero es que no tiene peso en ti el sentido de lo que es moralmente bueno y lÃcito?
—No hable usted asÃ…
—Ese amor tuyo, ese amor a otro hombre no puede ser más que una afición pasajera que no te costará trabajo olvidar…
—No, no es eso.
—¿Pues cómo? ¿Por qué no es lo que digo?
—No puedo decÃrselo.
—Pues debes hacerlo, por tu honor.
—Está bien, se lo diré. ¡Porque estoy casada con él!
—¡Ah! —exclamó él estupefacto, y parándose de pronto, se quedó mirándola fijamente.
—No querÃa decÃrselo…, no pensaba decÃrselo —repuso ella disculpándose—. Es un secreto para esta gente, o por lo menos pocos son los que lo saben. Asà que le ruego no me haga más preguntas. Tenga usted presente que ahora somos extraños el uno para el otro.
—¡Extraños! ¡Que somos extraños! ¡Extraños!… —Por un momento asomó a su rostro un relámpago de su antigua ironÃa, pero la refrenó decididamente—. ¿Es ese hombre tu marido? —le preguntó señalando al obrero encargado de la mondadora.