Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —El hecho es —la atajó secamente d’Urberville— que cualquiera que sea la creencia de tu marido, tú la aceptas, y lo que él rechaza, tú lo rechazas también, sin meterte en más averiguaciones, ¿no es eso? Asà sois las mujeres. Tú tienes tu pensamiento esclavizado al suyo.
—¡SÃ, porque él lo sabÃa todo! —exclamó Tess con sencillez triunfal de una fe en Ãngel Clare de la que no hubiera sido digno ni el hombre más perfecto, mucho menos su marido.
—¡Bueno! Pero tú no debes aceptar a ojos cerrados las opiniones negativas de nadie. Buen hombre debe ser el que te ha inculcado tal escepticismo.
—Nunca me ha impuesto su modo de pensar. Jamás quiso discutir conmigo sobre esas cuestiones. Sólo que yo me digo: lo que él cree después de haber penetrado hasta el fondo de las cosas, ha de tener más probabilidades de ser cierto que lo que pueda creer yo por mà misma, sin tener instrucción.
—¿Qué decÃa él? Porque algún razonamiento te harÃa…