Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville El reprimido descontento que acusaban sus palabras y modales casi movÃa a compasión, pero Tess no la tuvo de él.
—¿Cómo he de pedirle a Dios por usted —le dijo— si se me prohÃbe creer que el gran poder que mueve el mundo pueda alterar sus planes por mÃ?
—Pero ¿de veras piensas eso?
—SÃ, estoy ya curada del engaño de pensar de otro modo.
—¿Curada? ¿Quién te curó, mujer?
—Pues mi marido, ya que se empeña usted en saberlo.
—¡Ah, tu marido, tu marido! ¡Qué raro! Recuerdo que ya me dijiste algo de eso el otro dÃa. Pero ¿en qué crees realmente, Tess? Parece que en nada, quizá por culpa mÃa…
—Tengo creencias. Aunque no en nada sobrenatural.
D’Urberville la miró con recelo.
—Entonces ¿te parece equivocado el rumbo que sigo en la vida?
—¡Y tanto que me lo parece!
—¡Y, sin embargo, a mà se me antojó tan seguro! —suspiró Alec con inquietud.
—Yo creo en el espÃritu del Sermón de la Montaña y también creÃa mi marido… Pero no creo en…
Y expuso entonces las cosas en que no creÃa.