Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Era un dÃa apacible de febrero, tan desacostumbradamente benigno que casi parecÃa que ya se habÃa ido el invierno. No bien hubo concluido Tess de desayunarse cuando la presencia de d’Urberville ensombreció la ventana de la casa en que ella se alojaba y donde aquel dÃa estaba completamente sola. Se levantó súbitamente la muchacha, pero ya habÃa llamado su visitante y no encontró pretexto para huir. La manera de llamar y acercarse a la puerta que tuvo el converso distaban muchÃsimo de las que empleara en su anterior visita. ParecÃa que él mismo se avergonzaba de sus propias acciones. Tess pensó no abrirle, pero comprendiendo luego lo insensato de semejante expediente, se decidió a hacerlo, y descorriendo el cerrojo retrocedió con brusco respingo. Entró él, y lo mismo fue verla que dejarse caer en una silla sin decir una palabra.
—Tess —exclamó luego con acentos de desesperación, en tanto se enjugaba el sofocado rostro, cubierto por arreboles de sobrexcitación—. Yo sentÃa que era mi deber venir por lo menos a enterarme de tu situación. Te aseguro que no habÃa vuelto a pensar en ti ni una sola vez hasta que te vi aquel domingo, pero desde ese dÃa me persigue tu imagen, y haga lo que haga no puedo librarme de ella. Es incomprensible que una mujer buena pueda resultar nociva para un hombre malo, pero asà es. ¡Si siquiera le pidieses a Dios por mÃ!