Tess de D'Urberville

Tess de D'Urberville

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—Uní mi suerte espiritual a la suya —concluyó Tess—; no quería que fueran diferentes. Lo que es bueno para él, es bueno para mí.

—¿Y sabe él que tú eres una incrédula tan grande como él?

—No, eso nunca se lo dije…, si es que de verdad soy incrédula.

—Sí que lo eres; hoy, Tess, estás en mejor situación que yo. Tú no crees que debas predicar mi doctrina, y por lo tanto no puede repugnar a tu conciencia el que no lo hagas. Mientras que yo creo que debo predicarla y, como el diablo, creo y tiemblo[131], porque de repente me dejo de predicaciones y me abandono a la pasión que me inspiras.

—¿Cómo?

—Nada. ¡Que me he dado toda esta caminata sólo por verte hoy! —dijo él con sequedad—. Salí de casa con la intención de dirigirme a la feria de Casterbridge, donde tengo que predicar a las dos y media desde lo alto de un carro y donde ya me estarán esperando todos los fieles. Mira el anuncio.

Y sacó del bolsillo un cartel, en el que se indicaba el día, hora y lugar de reunión donde d’Urberville había de predicar el Evangelio.

—Pero ¿cómo va usted a llegar a tiempo? —le dijo Tess mirando el reloj.


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