Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville Trató ella de argumentarle, diciéndole que en su romo cerebro andaban mezclados dos principios, el teológico y el moral, que en los albores de la humanidad habían sido dos cosas totalmente distintas. Mas recordando que Ángel Clare le reprochara alguna vez su absoluta falta de dialéctica, diciéndole que era un recipiente de sentimientos más que de razones, no acertó a seguir adelante.
—Bueno, no importa —prosiguió él—. ¡Aquí me tienes, amor mío, como en aquellos tiempos!
—No, como entonces, no… ¡Ahora han cambiado completamente las cosas! —objetó ella—. Además, yo nunca sentí pasión. ¡Por qué no habrá conservado usted su fe!
—¡La fe, tú has sido quien me la ha quitado! ¡Así que la culpa debe caer sobre tu linda cabecita! ¡No se figuraría tu marido que sus predicaciones se habían de volver contra él! Estoy, sin embargo, muy satisfecho de que me hayas hecho apostatar. Tess, estoy más enamorado que nunca de ti, y además me inspiras mucha lástima. ¡A pesar de toda tu reserva, veo que el hombre que debiera adorarte te tiene abandonada!
No podía Tess tragar apenas bocado; tenía los labios secos y estaba a punto de ahogarse. Las voces y risas de los braceros que comían y bebían en el cobertizo llegaban a sus oídos como si se hallasen a medio kilómetro de distancia.