Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —Después de todo, el paraÃso que ofreces quizá no vale menos que el otro. Pero hablemos en serio, Tess. —Y d’Urberville se levantó y se acercó más a la joven, apoyando un codo en las gavillas—. Desde la última vez que nos vimos no he parado de pensar en lo que me contaste que él te dijo, llegando a la conclusión de que aquellas apolilladas máximas están faltas de buen sentido. No me explico cómo pude contagiarme del entusiasmo del pobre pastor Clare y ponerme, insensato, a predicar, hasta el punto de aventajarle a él. En cuanto a lo que tú me dijiste la última vez que nos vimos, entusiasmada con el talento de tu marido (cuyo nombre no me has dicho todavÃa), referente a que se puede fundar un sistema ético sin base de dogma, no acabo tampoco de comprenderlo.
—¿Pero es que no puede usted profesar la religión del amor y la pureza como no medie lo que usted llama dogma?
—¡Oh, no! Yo no soy asÃ, como tú dices que es tu marido; yo, como no me digan que si soy bueno en esta vida he de recibir el premio en la otra, y si soy malo, el castigo, no puedo encontrar estÃmulo para mis acciones. No me es posible sentirme responsable de mis actos y pasiones como no haya nadie ante quien sentirme responsable, y yo que tú pensarÃa lo mismo.