Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —SÃ, del todo. He roto todo compromiso desde aquella tarde que no fui a predicarles a los borrachÃnes de la feria de Casterbridge. El diablo sabrá lo que piensan de mà esos queridos hermanos. ¡Hermanos! Sin duda estarán rezando por mÃ… y llorando, porque son buena gente en el fondo. Pero a mà ¿qué me importa? ¿A qué continuar, si he perdido la fe? ¡Hubiera sido una vil hipocresÃa! Me hubiera pasado lo que a Himeneo y Alejandro[135], que fueron entregados a Satanás, en castigo por sus blasfemias. ¡Qué bien te has vengado de mÃ, Tess! Te conocà inocente y te engañé. Y al cabo de cuatro años me encuentras hecho todo un cristiano ferviente y entonces eres tú la causante de mi perdición. ¡Pero, Tess, prima mÃa, como acostumbraba a llamarte antes, yo no puedo ser de otro modo y es menester que dejes ese aire compungido! Claro que no has hecho más que conservar tu cara bonita y tu buena figura. Te vi en la hacina antes que tú me vieras, medio oculta con ese largo ropón y el sombrerón de alas; no debÃais las campesinas llevar esos sombreros, para evitaros peligros. —La contempló en silencio un instante y luego prosiguió con cÃnica sonrisa—: ¡Creo que si el apóstol célibe, cuyo delegado me creÃa yo, hubiera visto esa cara tan preciosa, hubiera quitado la mano del arado por ella, como yo[136]!
Intentó replicarle Tess, mas le faltaron palabras y Alec, prescindiendo ya de todo miramiento, le dijo: