Tess de D'Urberville
Tess de D'Urberville —¿Por qué me molesta usted de este modo? —exclamó ella despidiendo reproche hasta por las puntas de los dedos.
—¿Te molesto? ¡Eres tú la que me molesta a mí!
—¡Yo no le molesto a usted!
—Eso dices tú, pero no me dejas ni a sol ni a sombra. Esos ojos llenos de amargura con que me flechabas ahora mismo no se me quitan de delante ni de día ni de noche. ¡Tess, desde que me dijiste aquello de nuestro hijo, noto que mis sentimientos, que ya iban camino del puritanismo, convergen ahora todos hacia ti! El cauce religioso se ha quedado en seco, ¡y todo por culpa tuya!
Tess le miró en silencio.
—Pero ¿ha dejado usted por completo la predicación? —le preguntó.
Se había contagiado por Ángel de la incredulidad del pensamiento moderno lo bastante para desdeñar los entusiasmos fogosos, mas, como mujer, se sentía un tanto horrorizada.
D’Urberville continuó con fingida serenidad: